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―¡Adrián está muerto!¡Lo entierran mañana!
La noticia golpeó fuerte, no solo por la crudeza en que llegaba la mala nueva. Ni siquiera por tratarse del final de una vida, que apenas rebasa los cincuenta años. Y es que la muerte no contaba en aquel regreso furtivo. Estaban incluidas las incomprensiones, los desprecios y tal vez la cárcel. Pero no la muerte. Aunque parezca desmentirlo, las palabras que dejara grabadas en un video antes del viaje. Él amaba demasiado la vida y contaba con ella para llevar adelante múltiples planes.
¿Qué hubiera sido de Adrián, sin la mala jugada de la muerte provocada?
Seguramente, habría continuado dando un aporte imprescindible, dentro de Cuba en los momentos cruciales. Tal vez, en estos tiempos, estaría envuelto en alguna campaña generada por su mente infatigable, o influyendo en el impulso de un diálogo serio, necesario e inevitable, que él aseguraba, terminaría por abrirse en la nación cubana. Pero sobre todo, estaría organizando la batalla que había tomado como meta personal, con el objetivo de lograr el levantamiento de todas las barreras, que impiden el regreso sin condiciones, de cualquier cubano que viva en el exilio de regresar a su país.
Miguel Saludes
Si por defender el derecho de ser cubano y estar en Cuba, me descalifican mis compatriotas y me acusan de ser lo que no soy, ni nunca he sido, entonces, con todo dolor, tengo que reconocer que el fidelismo no se ha mantenido sólo por la fuerza, sino por la pobreza de mente y alma de una parte considerable de nuestro pueblo
Adrian Leiva